Biografía

PRESENTACIÓN

Los técnicos de este “portal” me indican que, antes de presentar su contenido y sus objetivos, es necesario que me presente yo mismo como responsable ultimo del “portal”, para conocimiento de los posibles lectores.

Supongo que el conocimiento de mi persona y de mis actividades no será de interés para la mayoría pero, aunque no me agrada demasiado, me dejaré entrevistar por estos amigos del Periodismo.

–  En primer lugar díganos su nombre y en qué pueblo nació.   

Me llamo Crisanto Rial López, y nací en una pequeña y hermosa aldea llamada Santa Cristina de Cobas, perteneciente al Ayuntamiento de Meaño y situada a pocos kilómetros de Cambados.

Detrás de su iglesia se levanta, como grandiosa atalaya, el monte de San Cibrán, a cuyos pies se extiende un hermoso valle que comprende la mayor parte de los Ayuntamientos de Meaño, Ribadumia, Vilanova y Cambados; y que llega hasta la Ría de Arousa. Es un valle muy fértil y especialmente apto para la producción de vino albariño, y que puede considerarse el corazón del gran valle del Salnés.

Este valle no tiene castillos ni fortalezas. No soportó las luchas de otras zonas de Galicia, porque no estuvo bajo el poder del Conde de Andrade, ni del de Lemos, ni de Pedro Madruga, ni de otros Nobles o no tan nobles.

Este valle tenía y tiene más bien Pazos en los que reinaba la paz necesaria para la poesía, la literatura y el amor.

Para la poesía que un día saldría de la pluma del Poeta de la Raza, don Ramón Cabanillas.

Para la literatura de doña Emilia Pardo Bazán, de don Ramón del Valle Inclán y de los hermanos Camba.

Y para el amor de nobles y bellas mujeres, como la Princesa María de Hungría, recluida en la Torre de San Saturniño y esperando, envuelta en lágrimas, la vuelta de su amante don Paio Gómez de Sotomayor. Y como doña Juana de Castro, Reina por un día, ya que la misma noche de bodas fue abandonada en la citada Torre por el Rey Pedro el Cruel; pero que con gran dignidad se consideró durante toda su vida Reina de Castilla y, como tal, recibió sepultura en el panteón real de la Catedral de Santiago. Y como doña María de Ulloa, Señora de Cambados y de su valle, cuyo hijo Fonseca II y su nieto Fonseca III tanto poder ostentaron y tanta gloria dieron a Galicia.

–  Y ¿cómo era su familia?

Soy el penúltimo de siete hermanos. Mi padre era natural de Castrelo, en el Ayuntamiento de Vimianzo. De familia muy pobre, pasó muchas necesidades, por no decir miserias, para estudiar la carrera de Magisterio, que era su gran deseo. Pero estaba dotado de una inteligencia extraordinaria y de una gran fuerza de voluntad, de manera que logró terminar la carrera antes de cumplir los dieciséis años. Sí, dije bien: tenía exactamente quince años y ocho meses cuando finalizó los estudios en la Escuela Normal de Santiago (había nacido el 28 de octubre de 1896 y era Maestro el 15 de Junio de 1912.  Puede demostrarse documentalmente). Así se convirtió en  uno de los Maestros más jóvenes de España.  Pero precisamente por ser tan joven no podía impartir enseñanza oficial. Debió esperar un año para que el Gobernador de A Coruña, Don Felipe Romero, firmase un decreto en el que le autorizaba a ejercer el Magisterio público “atendiendo a las circunstancias que concurren en D. Crisanto Rial…”

Mi madre era natural de Larazo, en el Ayuntamiento de Vila de Cruces. Era una mujer sensible  y de gran personalidad. Ejerció una profesión muy noble e importante: acompañar con amor a su marido y cuidar y educar con cariño a sus siete hijos.

En el seno familiar, en una casa pobre de una pobre aldea, he aprendido, al igual que mis hermanos, el valor de la austeridad, el espíritu de trabajo, la responsabilidad, la colaboración con los vecinos, la ayuda a los pobres, y otras virtudes que nos marcaron positivamente para toda la vida.  Nos inculcaron además la importancia de la Santa Misa, en la que participábamos juntos los padres y los hijos cada domingo. Nuestra madre nos inculcó también la oración diaria y algunas devociones como los Primeros Viernes. Esta formación humana y cristiana fue la gran herencia que nos legaron. Y ahí, en ese ambiente de pobreza, de rectitud y de religiosidad surgió mi vocación al Sacerdocio.

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Primer año en el Seminario (1952)

 

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Último año de Seminario (1963) poco antes de ser ordenado Sacerdote.

– Sobre eso quería preguntarle: ¿Cuándo y por qué decidió hacerse Cura?

   No sabría responder con exactitud. Desde la más tierna infancia sentí el deseo de ser Sacerdote. Sencillamente sentí desde pequeño una llamada interior (eso significa la palabra vocación); y más que una llamada, me atrevería a decir que sentía una fuerza misteriosa que me empujaba hacia el Sacerdocio. Cuando mis padres conocieron mi intención la aprobaron y apoyaron; entonces comencé a preparar el examen de ingreso; aprobado este, decidieron que cursase el primer año por libre, y así lo hice. Y en Septiembre de 1952 ingresé en el Seminario para cursar 2º de Humanidades. Y así año tras año, hasta 1963 en que alcancé la meta soñada: ser ordenado Sacerdote.

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Ordenación sacerdotal (año 1963) siendo el Prelado ordenante Mons. Miguel Nóvoa Fuentes

– Y en esa larga carrera hacia el Sacerdocio ¿nunca sintió la tentación de dejar el Seminario?

    Creo que solo en una ocasión tuve una cierta crisis vocacional. Pero enseguida volví a sentir aquella voz interior que me llamaba.  No se si será correcto hablar de una fuerza magnética que te atrae y que no tienes más remedio que seguir, como el hierro es arrastrado por el imán.

– Se me ocurre una pregunta: si su familia era pobre, y eran tantos hermanos ¿cómo pudo hacer frente a los gastos que supone una carrera de doce años?

La pregunta es lógica, y la respuesta resulta complicada y también curiosa. Me explicaré. Es verdad que mi familia no podía hacer frente a tantos gastos. Pero Dios arreglaría ese problema. En aquel tiempo era frecuente que personas piadosas dejasen en su testamento una cantidad de dinero para becas en el Seminario. Entonces decidí opositar a esas becas; obtuve el número 5, que me daba derecho a la beca “Santa Rita”, dotada con mil cincuenta pesetas cada año.  Hoy puede parecer una cantidad irrisoria (seis euros al año), pero debemos tener en cuenta que la pensión costaba doscientas cincuenta pesetas mensuales. Por tanto aquella beca me pagaba la pensión de más de cuatro meses. El problema estaba casi resuelto.

Pero en la mitad de la carrera surgió otro problema, en este caso mucho más grave: el fallecimiento de mi padre; además de perder al querido padre se perdía la única fuente de ingresos      que tenía la familia. Era tremendo. Pero Dios me seguía llamando, y El se encargaría de encontrar la solución.    Me entero de que hay unas becas muy buenas para huérfanos de Magisterio. Presento mi expediente académico y demás documentación y me conceden una, dotada con cinco mil pesetas cada año. Era suficiente para pagar la pensión de todo el curso, la matrícula e, incluso, los gastos personales.  Estaba feliz.

Pero de nuevo se complican las cosas: al año siguiente me deniegan la beca. Sabía que se exigía  aprobar, y con buenas notas, pero eso no me preocupaba, porque había sacado una nota media de Sobresaliente (un 9). Por tanto tenía que tratarse de un error.  Escribo a Madrid, y la respuesta fue decepcionante: “tiene usted un buen expediente pero, como son muy pocas las becas que hay para toda España, fue necesario exigir un nueve y unas  décimas”.  Desolación.

Pero otra vez Dios allanaría el camino para que el problema económico no me impidiese llegar a la meta a la que El me llamaba.  Me informan en la secretaría del Seminario que el Gobierno concedía una serie de becas denominadas “PIO”, que significaba “Plan de igualdad de oportunidades”.

Se podían solicitar con solo presentar el expediente académico. Lo presento con gran confianza porque tenía una nota media de sobresaliente. Y efectivamente me conceden la beca. Estaba dotada con cinco mil pesetas anuales. Me sobraría dinero para seguir estudiando.

Pero todavía surgiría otra grave dificultad cuando me faltaban dos años para terminar la carrera. Pero también ahora Dios, que me llamaba, se encargaría de arreglarla.

– Parece que lo económico fue para usted como una carrera de obstáculos.  ¿Qué podía pasarle ahora?

   Pues algo muy raro y lamentable, por haber sido yo el culpable.

– ¿Fue culpable usted de perder la beca?  No lo entiendo.    

Lo explicaré. La beca exigía, entre otras cosas, no suspender ninguna asignatura en Junio. Y resulta que suspendo la denominada “Canto gregoriano”. La beca estaría perdida de forma irremediable. Únicamente quedaba una solución: pedir al Profesor que, en lugar de suspenso, me calificase como “no presentado”. De ese modo, aún teniendo un cero en esa asignatura por no haberme presentado, me sobraría puntuación para seguir con la beca, ya que tenía muchos sobresalientes, y me saldría una media de Notable alto.  El Profesor se negó rotundamente. Paciencia; era inútil soñar; la beca estaba perdida.  Estaba humanamente perdida pero, aunque a muchos le parezca extraño, una vez más, y creo que van cuatro, el Señor misericordioso actuaría para que lo económico no me impidiese llegar a la meta.

– Y ¿qué  solución encontró ahora?

     Yo no encontré ninguna, la encontró el Señor.  El  Rector, don Manuel Capón, era un hombre bondadoso y paternal; cuando se enteró de mi situación, me llamó y me dijo que intentaría jugar la última carta: escribir al Ministerio de Educación indicando que las notas de las asignaturas de Música y de Canto Gregoriano se debían a condiciones naturales del alumno mas que a su estudio y aplicación; y que, por ello, no se podía anular un expediente académico tan brillante como aquel.  En Madrid debieron sentir una “iluminación”, atendieron la solicitud del sr. Rector, y no me retiraron la beca.  Ya no hubo más problemas de tipo económico: terminé la carrera sin pedir dinero a la familia e, incluso, con unos pequeños ahorrillos.

Y al fin llegó el gran día: la Ordenación Sacerdotal: era el 4 de agosto de 1963.

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Dirigiéndose al Altar en su primera Misa de D. Crisanto Rial López (07/08/1963 en la Iglesia de San Martín Pinario. Santiago de Compostela).

 

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Primera Misa de D. Crisanto Rial López (07/08/1963 en la Iglesia de San Martín Pinario. Santiago de Compostela).

– Desde el año 1963 hasta el 2014 han pasado muchos años. Y tengo entendido que usted, además de Párroco, desempeñó otros cargos. ¿Puede indicarme cuales fueron?

Efectivamente he tenido varios cargos, a distintos niveles. Unos, por designación directa del señor Arzobispo; otros, por elección democrática de mis compañeros, para representarlos en distintos organismos diocesanos.

En octubre del mismo año de la Ordenación Sacerdotal el Cardenal Quiroga me nombró Coadjutor de Cambados, una villa entrañable por su historia, sus pazos, su belleza y la religiosidad de sus gentes. Allí pasé los cinco años más felices de mi vida sacerdotal.

En 1968 el mismo Cardenal-Arzobispo me nombró Capellán del Colegio Filipense y Profesor Titular de Religión y Moral Católica en el Instituto de Vilagarcía.  En el primero de esos cargos estuve solo unos cinco años, ya que pronto el Colegio dejó de tener  internado. En el de Profesor permanecí durante  treinta y dos  años, hasta el 2001 en me jubilé de forma voluntaria.

En 1976 el Arzobispo don Angel Suquía me nombró Cura de san Pedro de Cea, compatibilizando este cargo con el de Profesor de Bachillerato. Durante veinticinco años he tratado de renovar la parroquia en lo material y en lo espiritual. Tuve la colaboración de muchas personas, sobre todo jóvenes, a quienes recuerdo con cariño y gratitud.

En 1983 el mismo Arzobispo me nombra Consiliario de Caritas Interparroquial de Arousa.

En 1985, a propuesta de los compañeros Sacerdotes, fui nombrado Arcipreste de Arousa para un período de cuatro años. Fui reelegido y permanecí once años en ese cargo, que recuerdo como una etapa fructífera.

En 1993 el Arzobispo don Antonio Mª Rouco me nombró miembro del Consejo de Asuntos Económicos del Arzobispado.

En 1996 pasé a formar parte del Consejo Presbiteral Diocesano, por elección de los  Sacerdotes de las 41 parroquias que formaban los Arciprestazgos de Ribadumia y de Arousa.

En 1997 fui elegido miembro del Consejo Pastoral Diocesano, en representación de los miembros del Consejo Presbiteral.

En 1998 el Arzobispo don Julián Barrio me nombra Delegado de Patrimonio del Arzobispado.

En 2001 el mismo Arzobispo me nombra Párroco de Lérez.

Y en 2002 me designa Consiliario de Carias Interparroquial de Pontevedra.

En la actualidad desempeño únicamente tres cargos:

  • Miembro del Consejo de Asuntos Económicos, desde el año 1993.
  • Delegado de Patrimonio del Arzobispado, desde 1998.
  • Párroco del Divino Salvador de Lérez, desde el año 2001.

 – Fueron muchos cargos los que le encomendaron, y de algunos quizá muchas personas desconocen su función. Por ejemplo, ¿podría explicar brevemente que supone el cargo de Arcipreste?

 Con mucho gusto.  Arcipreste es el Sacerdote a quien el Sr. Arzobispo encomienda la misión de coordinar la labor pastoral de los Sacerdotes de una demarcación territorial llamada Arciprestazgo. En mi caso, en Arousa, debía coordinar la labor de 28 parroquias, procurando que todas tuviesen una misma orientación pastoral, en consonancia con las directrices diocesanas.

–  Y qué es el Consejo Presbiteral, del que usted formó parte?

    De alguna manera podría decirse que es en lo religioso lo que es el Parlamento en lo político. Pero hay grandes diferencias. En el Consejo Presbiteral se estudian y discuten los problemas de la diócesis, sobre todo los de tipo pastoral; y se trata de encontrar soluciones. Pero en él no hay partidos como en el Parlamento; por tanto no hay una “oposición” al Arzobispo que gobierna, sino una filial colaboración.

– Desde hace más de veinte  años es usted Miembro del Consejo de Asuntos Económicos del Arzobispado. ¿Qué función tiene  ese Consejo?

    La determina el canon 493 del Código de Derecho Canónico que dice: Compete al consejo de asuntos económicos hacer cada año el presupuesto de ingresos y gastos para todo el régimen de la diócesis… asi como aprobar las cuentas de ingresos y gastos a fin de año”.

Lo formamos unas diez personas, normalmente la mitad sacerdotes y la mitad seglares, hombres y mujeres.

– Y el cargo de Delegado de Patrimonio  ¿Qué función tiene?

    Su función es exactamente esta: conservar, acrecentar y promover el Patrimonio Inmueble de la Diócesis y de cada una de las 1072 parroquias que la forman.

Y también orientar los proyectos de las obras a realizar en los templos y casas rectorales, e informar de las que deberán ser rehabilitadas, y de cuales serán conservadas y/o de aquellas que proceda enajenar o alquilar”.

Es, por tanto, una labor tan importante como difícil, que requiere mucho tiempo, y realizar bastantes viajes a las distintas parroquias de la Diócesis.

De todas formas la decisión no la toma el Delegado solo, sino que él la presenta a la Comisión de Economía, y en ella los acuerdos se toman de forma colegiada. Y los asuntos de mayor importancia se proponen al  Sr. Arzobispo a quien corresponde decidir lo que procede.

– Y ahora Lérez. Díganos, por favor,  cuando y por qué vino a Lérez.

Tomé posesión de esta parroquia el 21 de octubre del año 2001. Fue una ceremonia muy solemne, que presidió el Sr. Arzobispo, don Julián Barrio, y en la que estuve acompañado por bastantes Sacerdotes de la zona de Vilagarcía y de la de Pontevedra; y por muchos fieles de Cea y de Lérez.

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Me preguntas por qué vine. No fue una, sino varias las causas. Intentaré ser breve. Como os dije antes, yo llevaba treinta y dos años de Profesor del Instituto y veinticinco de Párroco de Cea. Estaba contento porque Vilagarcía es una ciudad pequeña, pero muy hermosa, y yo residía casi en el centro, en una casa con jardín. Además el sueldo de Profesor y Jefe de Seminario era muy superior al de cualquier Cura. Por otra parte, la parroquia estaba bien organizada, tenía mucha colaboración, y me sentía valorado por la mayoría de los feligreses e, incluso, querido por no pocos.

– Entonces ¿por qué dejó todo eso?

Sabéis que los Sacerdotes, hacemos juramento de obediencia al Obispo. Pues bien, un día don Julián me llamó y me ofreció ir de Párroco a una villa importante: de  unos cinco mil feligreses, y con  puerto de mar y mucho turismo en verano. Me agradaba la parroquia, pero no podía aceptarla. ¿Por qué? Por razones estrictamente familiares: mi madre se encontraba en una silla de ruedas, cuidada por una señora de día y otra de noche. Por ello resultaba muy difícil cambiar de residencia.

El Sr. Arzobispo lo comprendió y me dijo: no se preocupe; ya surgirá otra ocasión.

Cuando mi madre fue llevada por Dios a la vida eterna, estaba convencido de que el Sr. Arzobispo volvería a invitarme a dejar la parroquia de Cea. Ahora ya no tendría excusa que presentar. Y por otra parte no me gustaría que me destinase a la zona de Santiago o de A Coruña, porque mis tres hermanos residían en la ciudad de Pontevedra.

En ese tiempo queda vacante la parroquia de Lérez. Entonces mis hermanos y algunos amigos me presionaron mucho para que la solicitase, ya que sería una de las pocas ocasiones que tendría para acercarme a la familia.

Lo pensé mucho  por tres razones:

a) porque no era ciertamente el ideal con el que yo había soñado.

b) porque los ingresos serían muy inferiores al sueldo de Profesor.

c) porque  me costaba dejar Cea y Vilagarcía.

Pero, al fin, la fuerza de la sangre pudo más, porque la familia vale más que el dinero y que los ascensos.  Entonces decidí solicitar esta parroquia. Así fue como, con sentimientos encontrados, vine a Lérez.

– Por último, me dicen que usted ha realizado en estos años una gran labor, sobre todo en lo material, con muchas obras en el antiguo monasterio y en la iglesia. ¿Podría comentarlas un poco?

En la homilía que dirigí en el acto de toma de posesión a los nuevos feligreses, les decía que venía a Lérez con un solo deseo: ser un buen Párroco. Y pedía que me ayudasen para servirles lo mejor posible, sobre todo en el campo espiritual y pastoral.

En cuanto a lo material, no conocía apenas sus necesidades y, por tanto, no me planteaba ese problema en aquel momento. Luego las fui conociendo y descubrí que eran muchas y grandes y, sobre todo, cuantiosas. Habría que hacerles frente, pero no era mi función primordial; yo no quería ser un buen concejal de obras y servicios, sino un buen Sacerdote, un buen Párroco; nada más y nada menos que eso.

En el campo espiritual y pastoral he sembrado lo que pude, y confío que otros puedan recoger los frutos.

En lo material es verdad que, con la ayuda de la mayoría de los feligreses, de la Xunta de Galicia, del Sr. Arzobispo don Julián y, sobre todo, de San Benito se hicieron muchas e importantes cosas, pero de eso prefiero no hablar. Espero que las obras hablen por sí solas. Y en último caso, preguntad a los feligreses, y ellos podrán informaros con más imparcialidad. Yo prefiero hablar ahora del Monasterio de Lérez: de su fundación, de su historia, de su presente…; creo que eso es lo que interesa a los posibles lectores.

 

 

 

 

 

 

 

2 pensamientos en “Biografía”

  1. Como feligres de cea y alumno en el instituto de vilagarcia quiero agradecerle la gran labor llevada a cabo por Don Crisanto Rial.Siempre ha tenido una gran actividad en todas las facetas y un compromiso con los feligreses y vecinos.D.Crisanto ha sido y sera un referente en la parroquia y lamentamos su salida.A nivel personal agradecerle las muestras de generosidad,responsabilidad y compromiso.Ademas de ser mi cura y profesor puedo considerarle mi amigo .

  2. D. Crisanto he tenido el gusto de conocer su Parroquia allá por el año de 1987. Mi bisabuelo Eduardo Blanco pasó a Bs.As. en 1888 proveniente de Villagarcía de Arosa. Su bisabuelo Simón Blanco habría nacido en San Salvador de Leréz alrededor de 1730.
    Respetuosamente, tengo un par de sugerencias para los técnicos de este ‘portal’: I) En Contacto que pongan su mail. Y II) En los capítulos de Historia que los ilustren con fechas. En espacial cuando se nombra a los Abades.
    Unha aperta. En Xto, Rey

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