Feliz Navidad

María y José llegaron a Belén con la alegría de estar ya en el lugar de sus antepasados, y también con el cansancio de un largo viaje por caminos en malas condiciones, durante cuatro o cinco jornadas. La Virgen, en su estado, debió llegar muy cansada. Y en Belén no encontraron donde hospedarse. “No hubo lugar para ellos en la posada”, dice el Evangelio.
San José debió llamar a muchas puertas antes de llevar a María a un pesebre, a una cuadra, en las afueras del pueblo. ¡Qué pena! A Jesús le cerraron las puertas.
Quizá fue la Virgen quien propuso a José instalarse en alguna de aquellas cuevas, que hacían de establo. Y en aquel lugar sucedió el acontecimiento más grande de la humanidad. “Y sucedió –nos dice el Evangelio –que, estando allí, se cumplió la hora del parto”. María envolvió a Jesús con inmenso amor en unos pañales y lo recostó en el pesebre.
Jesús, María y José estaban solos. Pero Dios buscó para acompañarlos a gente sencilla, a unos pastores. Esa noche son ellos los primeros en saberlo. En cambio, hoy lo saben millones de hombres y mujeres de todo el mundo. La luz de Belén ha llegado a muchos corazones.
Naturalmente los pastores llevaban al recién nacido lo que tenían a su alcance: queso, manteca, leche, requesón…
Nosotros tampoco debemos ir al pesebre de Belén sin nuestro regalo. Quizá lo que más gustará a la Virgen será un alma limpia, porque la hemos purificado en el sacramento del Perdón.
Si en Belén Jesús, el Salvador, no encontró sitio en la posada, que hoy lo encuentre en nuestro hogar y en nuestro corazón.
¡FEIZ NAVIDAD!

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