Año de la Misericordia

El pasado día 8 el Papa abrió la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro para inaugurar un Jubileo extraordinario, que durará un año, un año que quiere que sea el año de la Misericordia.
Y este domingo el sr. Arzobispo abrirá la Puerta Santa de la Catedral, como Puerta de la Misericordia.
Y también el todas las Catedrales del mundo se celebrará este Jubileo extraordinario: el año de la Misericordia.
¿Qué busca el Papa con este año de la Misericordia?
Que los cristianos nos acerquemos a Dios como a un Padre amante y misericordioso, a un Padre que nos ama con amor infinito, un Padre cuya misericordia es eterna, como nos dice ps. 136. Quiere que conozcamos mejor y amemos más a Dios, al Dios que nos habla en la S.E.
Ya antes de Cristo, en el A. T. Dios se nos presenta con frases como estas:
“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”.
“No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas”.
“Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles”.
“La misericordia del Señor dura desde siempre y por siempre para aquellos que lo temen”.
¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is.)
Y en la oración del domingo 26-Ord. leemos: “Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia…”
Y ya en el Evangelio Jesucristo se nos muestra con un corazón que desborda compasión, misericordia y amor.
Ej. La mujer sorprendida en adulterio.
Los ciegos que gritaban: Señor ten compasión.
La mujer que sufría flujos de sangre.
La viuda de Naín. El hijo de Jairo.
Jesucristo sentía lástima y compasión ante el sufrimiento de las gentes.
Jesucristo repartía misericordia, perdón y amor. Y no una vez, sino siempre: 70 veces 7.

Feliz Navidad

María y José llegaron a Belén con la alegría de estar ya en el lugar de sus antepasados, y también con el cansancio de un largo viaje por caminos en malas condiciones, durante cuatro o cinco jornadas. La Virgen, en su estado, debió llegar muy cansada. Y en Belén no encontraron donde hospedarse. “No hubo lugar para ellos en la posada”, dice el Evangelio.
San José debió llamar a muchas puertas antes de llevar a María a un pesebre, a una cuadra, en las afueras del pueblo. ¡Qué pena! A Jesús le cerraron las puertas.
Quizá fue la Virgen quien propuso a José instalarse en alguna de aquellas cuevas, que hacían de establo. Y en aquel lugar sucedió el acontecimiento más grande de la humanidad. “Y sucedió –nos dice el Evangelio –que, estando allí, se cumplió la hora del parto”. María envolvió a Jesús con inmenso amor en unos pañales y lo recostó en el pesebre.
Jesús, María y José estaban solos. Pero Dios buscó para acompañarlos a gente sencilla, a unos pastores. Esa noche son ellos los primeros en saberlo. En cambio, hoy lo saben millones de hombres y mujeres de todo el mundo. La luz de Belén ha llegado a muchos corazones.
Naturalmente los pastores llevaban al recién nacido lo que tenían a su alcance: queso, manteca, leche, requesón…
Nosotros tampoco debemos ir al pesebre de Belén sin nuestro regalo. Quizá lo que más gustará a la Virgen será un alma limpia, porque la hemos purificado en el sacramento del Perdón.
Si en Belén Jesús, el Salvador, no encontró sitio en la posada, que hoy lo encuentre en nuestro hogar y en nuestro corazón.
¡FEIZ NAVIDAD!